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<title>Revolución con Letras / Nadiamente / Todos</title>
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<description>Lo que todo mexicano quiere saber sobre su país</description>
<pubDate>Thu, 15 Sep 2011 15:39:37 +0000</pubDate>
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<title><![CDATA[¿Dónde están los buenos?]]></title>
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<pubDate>Thu, 15 Sep 2011 15:39:37 +0000</pubDate>
<dc:creator>Nadiamente</dc:creator>
<category>Política</category>
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<description><![CDATA[De un par de años a la fecha, los "malos" (narcos, sicarios, secuestradores y un largo etcétera), se han apoderado de las calles. Peor aún, se han apoderado de nuestra tranquilidad, nuestra seguridad y nuestra vida. Y digo nuestra pensando en un sector de la población que, en teoría, está más o menos bien educado, más o menos bien informado y más o menos con capacidad de decisión. En muchas ciudades, los "malos" son un factor a considerar al momento de tomar decisiones que no solían ser de vida o muerte: ¿Salir de fiesta a riesgo de no volver, o mejor quedarse en casa? ¿Cambiar de auto a riesgo de que lo roben, o mejor no hacerlo? ¿Quedarme a vivir en mi ciudad a riesgo de que me secuestren, o mejor emigrar a otra ciudad o, incluso, a otro país? <br /><br />Desde antes de 2006 el incremento en los delitos como el secuestro, la extorsión y algunos otros del fuero común, se han ido incrementando en nuestro país. Nadie quiere escuchar cifras ante lo que es, a ojos vistas, la realidad que vivimos, a veces de forma acuciante, en muchas ciudades de México. Y muchas han sido las voces que se han alzado para denunciar, protestar e inconformarse. Y una de las frases que recurrentemente he escuchado es "somos más los buenos". A veces me pregunto: ¿es en serio? ¿De qué bondad creen que están hablando?<br /><br />Creo que hay gran confusión al respecto: la bondad en el ámbito privado se evidencia en muchas actitudes y comportamientos que atañen solamente a ese ámbito de la vida. Ser una buena persona implica, en nuestro contexto, ser un buen hijo, hermano, padre, amigo, compañero de trabajo. No provocar el sufrimiento -físico, psicológico- de los otros en nuestro entorno inmediato podría ser el criterio para determinar la bondad de una persona. Y seguro que México está lleno de estos buenos. Pero eso no es suficiente en el ámbito público.<br /><br /> Uno de los filósofos más mal entendidos en la historia es Maquiavelo. Se le adjudica la frase "el fin justifica los medios", pero se le da una interpretación rayana en caricatura, pensando que su instrumentalidad implica todos los fines y todos los medios, en todos los ámbitos de la vida. Maquiavelo en realidad se refería a que cualquier fin político, es decir, cualquier fin público, justifica cualquier medio político. Y con lo político, Maquiavelo y toda la tradición republicana se refieren a virtudes públicas como la participación, la tolerancia, el diálogo y el respeto al orden legal. Un buen ciudadano, por tanto, ejerce estas virtudes en el ámbito público, siempre en pos del fin público último que es el bien común, sea como sea que se quiera definir este.<br /><br /> México, sin duda, está lleno de buenas personas, y probablemente sean más esos los "buenos" que los "malos" que están acabando de a poco con nuestro país. Pero lo que no hay es "buenos" de los otros, del tipo ciudadano que se informa, que analiza, que toma postura y participa. ¿Dónde están los buenos? No los veo: veo manifestaciones y protestas públicas vacías en comparación a la cantidad de habitantes que hay en las ciudades; veo quejas en las redes sociales y en las charlas de café, pero no la inquietud de comprender y analizar la postura contraria; veo gente que se indigna y horroriza en lo privado pero en lo público trata de pasar desapercibido. <br /><br />La realidad es que los "malos" son más que los "buenos". Pobre México, si no nos damos cuenta y lo arreglamos. Y pronto. Porque podrán cambiar las leyes, el presidente, todos los gobernadores, diputados y senadores, pero los mexicanos, esos más de 76 millones de empadronados en el IFE, ¿quién los va a cambiar?<br /><br/><br/>2 Voto(s) ]]></description>
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<title><![CDATA[La paz como no-guerra]]></title>
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<pubDate>Tue, 17 May 2011 20:25:34 +0000</pubDate>
<dc:creator>Nadiamente</dc:creator>
<category>Política</category>
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<description><![CDATA[{image1}<br />Foto: @LeoAgusto<br /><br />He seguido con atención los comunicados de Javier Sicilia, especialmente el último video en el que convoca a una marcha nacional el próximo 8 de mayo. Me reservaré, por lo pronto, mi opinión sobre la marcha como herramienta de protesta, y más bien quisiera traer la atención a un problema un poco menos coyuntural.<br /><br />El discurso de Felipe Calderón, al inicio de su sexenio, se centró en declarar la guerra contra el narco. En pocos meses, se hizo evidente que lo que eso implicaba -si bien no lo significaba-, era un recrudecimiento de la violencia, un aumento sin precedente de todos los delitos en todo el país (sólo en Nuevo León, por ejemplo, el homicidio aumento un 298% entre 2009 y 2010), y una creciente percepción de que las cosas se le han salido de control al Gobierno Federal. Casos como el del hijo de Javier Sicilia y sus amigos (si bien no son los únicos ni los primeros, y tristemente, todos los días vemos que tampoco serán los últimos), pusieron en evidencia que lo más fundamental, la vida de todos los ciudadanos, estaba en la línea de fuego, y sin mencionar lamentables declaraciones como que esos ciudadanos caídos son "daño colateral", la gran publicidad de casos como el de Javier y Jorge, los alumnos del Tecnológico de Monterrey que fueron asesinados el año pasado sin que aún se sepa exactamente qué fue lo que pasó, y el del mismo Juan Francisco Sicilia y sus amigos, han hecho que la sociedad civil se movilice en torno a un discurso de "no a la guerra", "no más sangre", "ya basta", y otras consignas igualmente razonables y quizá necesarias.<br /><br />Pese a lo razonable, ese discurso del "no a la guerra" inquieta porque el problema se ha trasladado a la superficie, como ocurre siempre que la opinión pública se apodera de un tema en una sociedad mal educada, mal leída y, desde luego, mal alimentada. El problema de fondo no es la guerra contra el narco y terminarla: el problema son las causas profundas del narco, causas que, por otra parte, la situación económica y social de millones de familias han agudizado. Sin duda, los más aguzados analistas y opinadores estarán de acuerdo en que el problema de fondo no es el narco, sino la pobreza, la falta de empleo, y las poquísimas oportunidades de educación y superación. Y sin duda, quienes están pagando los platos rotos son los jóvenes, toda una generación perdida: según estadísticas judiciales más del 50% de delitos federales y del fuero común son cometidos por jóvenes de 14 a 29 años. Y si "Presunto Culpable" nos dice algo, es que muchos de los jóvenes que efectivamente acaban en las cárceles, ni son culpables ni tuvieron acceso a una justicia de verdad. Parece que la consigna es acabar con los jóvenes de esta generación, bien llenando con ellos las cárceles, o de plano orillándolos a las filas de los grupos delictivos.<br /><br />Más aún: el problema en la superficie del discurso es que se cree que la paz es la ausencia de guerra. Justamente el discurso de la sociedad civil se ha vertido sobre la idea de que no queda claro qué es ganar la guerra contra el narco, y el reclamo, sin duda justo, justificado, moral y necesario, es que deberíamos tener derecho a vivir, y sobre todo, a ejercer nuestros derechos en paz. Lugares comunes se han vuelto la necesidad de mayor presencia del ejército, o sacarlo de la calle del todo (dependiendo de qué tan corrupta se percibe la policía local); mayores penas para los delitos como el secuestro y el homicidio (como si automáticamente esto constituyera un desincentivo para ellos); legalización de las drogas (como si el asunto del narco estuviera ligado sólo a drogas, y no también al a tráfico de armas, de personas, pornografía infantil, lavado de dinero, piratería, y otras más). Todas estas ideas, junto al reclamo de "no más sangre", ni siquiera en el entendido de que estas y otras medidas fueran efectivamente tomadas, garantizan la paz. Porque la paz no es ausencia de guerra.<br /><br />Haciendo un ejercicio de imaginación, ¿qué cambiaría si de pronto acabara la guerra contra el narco? Nada. Porque la paz no es no-guerra, sino no-violencia. El caso de Colombia y la aguda mirada de Leonel Narváez nos han enseñado que las pequeñas violencias, derivadas de una cultura en donde perviven el autoritarismo y el individualismo, se ven exacerbadas por un contexto social en el que la desigualdad deviene en rencor y éste asimismo genera violencia. Aún con el fin de la guerra contra el narco -lo que sea que eso signifique, tanto para el Gobierno Federal como para la sociedad civil-, la violencia cotidiana seguiría siendo la norma, en tanto y en cuanto no se invierta en una educación que privilegie el respeto al otro, el perdón como herramienta política y la reconciliación como visión de Estado.<br /><br />Sin duda, lo más preocupante es que capitalizar el discurso de la no-guerra será labor del PRI para las próximas elecciones, pues aunque mucho se desdiga, Sócrates Rizzo no nos dejará mentir: el balance de poder entre el narco y la clase política fue mantenido por el PRI durante décadas. Aunque curiosamente, los estados más violentos, salvo Michoacán, son gobernados por el PRI (y eso debería provocar más de una pregunta). Y mientras en la superficie se mantenga esa falacia, de la paz como no-guerra, será imposible superar el escenario de violencia que por encima de todas las cosas, vulnera el Estado de Derecho y por ende, los derechos fundamentales de todos los mexicanos. Temas como corrupción, representatividad en las legislaturas, y rendición de cuentas pasarán de largo junto con asuntos como la educación, la salud, y el desarrollo técnico científico, que urgen tanto en el país.<br /><br />El llamado de Sicilia, el "estamos hasta la madre" y el hecho de tomar las calles y protestar son de suyo actos violentos. No me queda claro todavía si son necesarios, pero no dejan de parecerme insuficientes. Ignoro si apostar a la movilización constante de la sociedad civil, que parece ser la apuesta de Sicilia, sea el camino hacia el tan anhelado cambio. Y desde luego, no sé qué es lo que hay que hacer, pero sin duda, nadie lo sabe, y esa debería ser una oportunidad para ponernos creativos al respecto. <br/><br/>3 Voto(s) ]]></description>
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<title><![CDATA[A un año: Jorge y Javier]]></title>
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<pubDate>Sun, 17 Apr 2011 17:46:46 +0000</pubDate>
<dc:creator>Nadiamente</dc:creator>
<category>Agentes  de  Cambio</category>
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<description><![CDATA["La única forma de demostrar un principio ético, es en la práctica". <br />Hannah Arendt<br /><br />Un año después del asesinato de Jorge y Javier, me senté sobre el césped, frente al portón del Tecnológico de Monterrey que todavía permanece cerrado, como si el acto simbólico de no volver a usar la puerta por donde entró la muerte, fuera suficiente para dejarla fuera. En la reja blanca, había un pequeño cartel: "No se olvida"; las llamas de tres veladoras tristes danzaban con el viento hasta que se apagaron; una única rosa blanca estaba pudriéndose en el suelo; y dos muchachos permanecían de pie. Ella lloraba, discretamente, mientras él le pasaba el brazo sobre los hombros. Permanecieron así un momento, dieron la vuelta y se marcharon.<br /><br />Me quedé ahí sentada un rato. Luego acudí a la cita de la Rodada por la vida, a la que convocamos desde Contingente Monterrey, Pueblo Bicicletero, Biciérnagas y La Bola, cuatro colectivos que impulsan una agenda de recuperación ciudadana de los espacios públicos. La idea era pedalear desde Campus Monterrey hasta Palacio de Gobierno, en memoria de Jorge y Javier. Así lo hizo un grupo de unas cincuenta personas, que en bicicletas, patinetas y patines se desplazó escoltado por un par de patrullas y agentes de tránsito en motocicleta. Una vez frente a Palacio de Gobierno, gritamos consignas, leímos un desplegado, tuvimos un percance con empleados gubernamentales (mismo que no reseñaré ahora mismo, pero que en realidad era de esperarse y no pasó a mayores), y luego nos fuimos.<br /><br />Yo volví a mi casa, cansada, adolorida y con sentimientos encontrados. Los actos en memoria de mis compañeros asesinados frente al Tecnológico, como tantas otras demostraciones cívicas de la sociedad civil, no dejan de tener ese doble cariz de tristeza y desesperanza, aunque son esperanzadores. Sobre todo porque en una ciudad de poco más de cuatro millones de habitantes, estos actos de conmemoración (la Ceremonia por la Paz dentro del Tecnológico y una protesta espontánea el viernes; la Rodada por la vida el sábado) no superaron las 100 personas. A mí, en lo personal, me hace pensar que ese "No se olvida" no es más que una frase hecha, que en realidad no significa nada. Me hace pensar que en esta democracia sin demócratas será imposible ganar la guerra porque pocos son quienes están dispuestos a dar un paso al frente y hacerse voluntarios de una causa que no sea el interés propio y la gloria personal.<br /><br />Jorge y Javier y Lucy y tantos otros inocentes han dado su vida por este país, si bien tan sólo para que a algunos de nosotros se nos mueva la consciencia. Lo que me entristece es que ellos son asesinados todos los días por la indiferencia, la falta de conciencia cívica y de compromiso ciudadano. Siguen apilándose muertos sobre una sociedad incapaz de darse cuenta de que el día es hoy, y lo que hay que hacer es participar y en cada uno de nosotros está el cómo. Cambiar este país, lo he dicho muchas veces, empieza por cambiar uno.<br /><br />Pero también dije que estas demostraciones fueron esperanzadoras. Lo fueron porque aunque somos poquísimos, aunque todavía hace falta crear sinergias y articular acciones, aunque la sociedad civil y las organizaciones están aún lejos de constituirse en factores reales de poder, aunque a algunos activistas todavía les pesa el afán de protagonismo y se les agota la creatividad, la semilla de cambio arraiga cada vez más profundamente entre nosotros.<br /><br />Tal vez aún falta mucho; tal vez falta demasiado. Cada vez es más la gente que levanta y alza la voz y expresa su inconformidad con nuestras instituciones injustas, nuestros gobiernos corruptos, nuestros políticos inconscientes. Pero lo que hace falta es que esa gente ponga sus palabras en acción, las lleve a la práctica y haga la diferencia en vez de estar hablando tanto de ella.Hay que dejar de predicar el cambio y empezar a hacerlo.<br /><br />A Jorge y Javier.  <br /><br /><br /><br /><br/><br/>11 Voto(s) ]]></description>
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<title><![CDATA[Don Alejo o la muerte de la política]]></title>
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<pubDate>Sat, 18 Dec 2010 16:50:40 +0000</pubDate>
<dc:creator>Nadiamente</dc:creator>
<category>Política</category>
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<description><![CDATA["Es el mundo de lo humano el que salvará a los hombres de los peligros de la naturaleza humana" <br />Hannah Arendt<br /><br />Como en argumento de película del oeste, un hombre -Don Alejo Garza-, se atrincheró en su rancho en Tamaulipas para defender su propiedad de un grupo de narcos que le demandó abandonarla bajo amenaza de muerte. Muchos han alabado la hazaña, y si bien juzgada en sí misma como un caso concreto y aislado, es en realidad natural y aplaudible, el apoyo popular a esta autodefensa del ciudadano es preocupante, porque con ella atestiguamos la muerte de la política.<br /><br />Visto el hecho singular, la acción de Don Alejo es natural: al igual que nuestras células, nuestra naturaleza biológica nos condiciona a hacer sólo una de dos cosas: crecer o protegernos. En la circunstancia amenazante del narcotráfico, no hay lugar a dudas que protegerse, aún cuando sea una alternativa llevada al extremo, es la única y hasta razonable opción. Pero, ¿qué pasa, siguiendo con la metáfora biologicista, cuando un organismo entero se siente amenazado? Hay malestar, fiebre, convulsión. Una sociedad que descubre de pronto que puede protegerse a sí misma llegando al extremo del enfrentamiento abierto con la delincuencia, está en camino seguro de autodestruirse, porque ha abrazado el camino de la violencia.<br /><br />Cuando lo primordial es la supervivencia, la vida misma y defenderla a toda costa, el ser humano se reduce a su animalidad: el criterio se vuelve una decisión de vida o muerte, todo se reduce a una cuestión de "yo o el otro". El problema es que este criterio es necesariamente excluyente, y es excluyente al límite: mi supervivencia depende del exterminio del otro. Así de radical.Pero más allá de nuestra condición animal, está nuestra condición política. Es la condición más humana, aunque muchos todavía se creen que es la racionalidad. Sin toda la carga negativa que la Modernidad ha atribuido a esta palabra, la política es sencillamente, y en términos arendtianos, el decir y hacer con otros en el espacio público, para buscar conjuntamente el bien común. Además, la condición de la política es la pluralidad: por eso se basa en la opinión que cada uno tiene del mundo, y es en el decir y hacer con otros que contraponemos nuestras perspectivas y opiniones y logramos ponernos de acuerdo en qué vamos a entender por bien común y cómo vamos a alcanzarlo. En la política, la cuestión en juego siempre será la pluralidad, el "yo y el otro", el diálogo y el espacio para la negociación, porque la política excluye a la violencia y se alimenta más bien de las experiencias individuales, e irrepetibles, que ayudan a construir el mundo común.<br /><br />Con esto no estoy sugiriendo que deberíamos negociar con el narco. Lo que sugiero más bien es que hemos perdido la capacidad de dialogar entre nosotros, entre esos que se (¿nos?) catalogamos de "buenos" (aunque estos "buenos" sigan consumiendo piratería, sigan sin denunciar delitos, sigan solapando la corrupción…). Si el Estado Mexicano está derrotado como comunidad política, si casos como el de Don Alejo se vuelven la norma y la política ha muerto, no hay esperanza. Pero si el Estado es incapaz de organizarnos para establecer y perseguir el bien común, deberíamos ser los ciudadanos los que tomáramos las riendas del asunto. Y desde luego, por heroico que parezca el caso de Don Alejo, no creo que esa deba ser la respuesta generalizada. Deberíamos, más bien, deshacernos de la violencia, antes de que la violencia se deshaga de nosotros.<br /><br /><br /><br/><br/>9 Voto(s) ]]></description>
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<title><![CDATA[Lo que la gente tiene en la cabeza]]></title>
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<pubDate>Sun, 18 Oct 2009 17:56:09 +0000</pubDate>
<dc:creator>Nadiamente</dc:creator>
<category>Sociedad</category>
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<description><![CDATA[Es una mañana fría y algo gris. Es una calle estrecha, en un pueblecito en la ex Yugoslavia. Una mujer serbia, nonagenaria, ataviada por entero de negro, sostiene un cigarrillo en la boca. En una de sus manos, sostiene un rifle muy gastado. En la otra, la pequeña mano de su nieto de cinco años. A media calle, se detienen, frente a un árbol de ramas casi secas, un árbol decrépito. Ella le señala al niño, con el cañón del rifle, en dirección a aquel árbol, y le habla aún con el cigarrillo entre los labios: "Es ahí donde un albano asesinó a tu abuelo". Se lo repite, como cada mañana.<br /><br />Dos niños caminan bajo el calor veraniego en las calles devastadas de Jenin, al norte de la ocupada Cisjordania. Han conseguido en el mercado negro un par de jugosas rebanadas de sandía. Dos soldados israelíes se les acercan. Sin preguntar más nada, les arrebatan la sandía, los suben a un camión y se los llevan. (Los colores de la sandía, blanco, negro, rojo y verde, son los colores de la bandera Palestina, proscrita por el Gobierno Militar).<br /><br />"Nosotros no somos rusos", me decía el ucraniano Oleg Yefimov, "nuestra cultura y nuestra lengua son distintas. En todo caso, es de Ucrania de donde provienen los rusos. Pero de ninguna manera somos iguales". Luego añadía: "Nosotros hemos sido ucranianos siempre, desde hace muchos cientos de años, y siempre lo seremos".<br /><br />Una estudiante mexicana, universitaria de último semestre, que ha estado un semestre de intercambio en España, es invitada a una fiesta con motivo del 12 de Octubre. Responde ofendida: "¿Cómo crees que voy a celebrar lo que hicieron esos malditos españoles?"<br /><br />El odio étnico, el odio racial, la necesidad de un ‘ellos' contrapuesto al ‘nosotros', no viene grabado en nuestros genes. No es parte de nuestro hardware. Al contrario, me atrevo a decir que es parte del software, y el software es la cultura y la identidad, aquello que distingue un grupo humano de otro. Y la identidad étnico-cultural no es otra cosa que lo que la gente tiene en la cabeza. ¿Cómo llega hasta ahí?<br /><br />La identidad étnico-cultural puede ser definida como un conjunto de conceptos aprehendidos a lo largo de nuestra vida, a veces impuestos, a veces consecuencia de eventos históricos fuera del control del grupo étnico en cuestión. Lo que me da identidad es lo que me hace diferente de ti, es el conjunto de sucesos que en se han ido registrando en la memoria colectiva, y que la sociedad va reproduciendo a través de las instituciones que ha creado a lo largo de su historia, mismas que median las relaciones sociales del grupo por un lado, mientras que por el otro aseguran la pervivencia del mismo.<br /><br />¿Cómo se cambia, pues, lo que la gente tiene en la cabeza? El niñito serbio seguramente que va a crecer con un odio endémico hacía los albanos; los palestinos aborrecerán todavía un rato más a los judíos; Oleg Yefimov seguirá sintiéndose claramente superior a los rusos y mi compañera de seguro que no celebrará nunca en su vida el 12 de Octubre. Cambiar eso tomaría generaciones.<br />Pero es un principio. Si nos alejáramos de la retórica post-guerra fría de que todos somos iguales (lo cual es de por sí obvio), y empezamos a trabajar sobre lo que nos hace diferentes, por lo tanto únicos y valiosos cada uno per se, entonces ya podríamos empezar a avanzar hacía un mayor entendimiento entre todos los habitantes del globo. A fin de cuentas, ‘lo mejor que tenemos', la democracia, se nutre del hecho de que, justamente, somos diferentes, a veces contrarios, y en ocasiones chocamos unos con otros. Es cosa, pues, de que la gente lo tenga también en la cabeza.<br/><br/>16 Voto(s) ]]></description>
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