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El culto a la personalidad puede considerarse, entre muchas cosas más, como una distorsionada adulación a una persona con inexistentes o exagerados méritos reales, y una desmedida veneración abyecta a un dirigente social, líder, gobernante en turno, representante sindical, caciques, caudillos, jefes militares, héroes patrios, ideólogos, artistas, autoridades religiosas, etc.
Las manifestaciones más evidentes de este endiosamiento son el resultado de una desmedida egolatría y pérdida de la realidad que se manifiesta en la presencia patológica de sus imágenes en oficinas, escuelas, edificios públicos, calles, parques deportivos, etc.
En la utilización por parte de su corte servil u obligada en la vestimenta oficializada con una cromática particular, en la oficialización de slogans, en una desbordada publicidad avasallante en todos los medios de comunicación, menciones públicas, etc.
El origen social de un ser de esta naturaleza es indistinto. Históricamente puede ser un connotado personaje de linaje o un un simple plebeyo, pero uniformados en considerarse insustituibles, mesiánicos, irrepetibles… En otras palabras, nacieron para ser dirigentes, orientar a las masas y sacrificarse por ellas.
Narcisistas y ególatras por naturaleza son merecedores de todo beneficio social: buenas viandas, alojamientos de lujo, selectos vinos, transportes ostentosos, un séquito de asistentes, un harem para el pachá, reconocimientos públicos interminables de todo tipo y ocasión, una corte áulica, pregoneros… Dicho de otra manera, hemos concentrado todo el poder en una sola persona en detrimento nuestro.
En una realidad histórica dividida en dominantes y dominados con trabajos muy específicos para ambos, este modo de vida o de producción debe de perpetuarse en esos términos, y si es necesario para tales fines, se lega políticamente este apego al poder, a hijos, esposas, hermanos, etc., para que los menos vivan con cargo a los más.
Con el firme propósito de permanecer lo más posible en tan privilegiado status, se elabora una ideología dominante para dominados que nos ha hecho creer que gracias al ejercicio e intervención personal e individual de estos próceres, es como se consigue el progreso, se obtienen los beneficios sociales y todo aquello a lo que aspira la sociedad. En otras palabras son únicos e insustituibles.
Se nos hace creer que en la realización y ejecución de obras comunitarias no interviene en absoluto la mayoría, ni toda ella junta acumula la experiencia y sabiduría que ellos poseen. Por tal razón, sus obras por muy pequeñas que sean deben ser magnificadas, glorificadas y agradecibles, no vistas como una obligación o ejercicio del cargo al que fueron elevados por la masa ignorante.
Nos han condicionado a pensar –el quehacer de la ideología dominante-, que nuestra tarea consiste en rendirles pleitesía, seguirlos ciegamente, alabarlos, no contrariarlos –podemos ser objetos de sus furias-, no contradecirlos en lo absoluto, adorarlos y pedirle a todos los dioses, larga vida para nuestro Gran Timonel.
Como contraparte tenemos el ejercicio de la estupidez masiva: el creer que esto debe ser así, el no meternos en la conciencia muy razonado que nuestro voto los llevó al poder y que también podemos derribar al mal gobernante o representante social con todas la de la ley porque tenemos esa autoridad y soberanía, la fuerza social que se requiere para legitimar un acto de esa naturaleza. Nunca hay que perder de vista eso.
Sólo basta con no comprar un producto en el mercado para que éste desaparezca o baje sus precios, lo cual significa que el verdadero poder está en nosotros y no en el de ellos, y de paso nos hace ver que sí pueden vender a costos más razonables y reales.
En estos antagonismos sociales la unica manera de no buscar el enfrentamiento estéril e innecesario, es privilegiar el equilibrio en las partes, nulificar intereses unilaterales y acentuar los consensos igualitarios. No pueden existir gobernantes sin gobernados, vendedores sin compradores, representantes sin representados, iglesias sin fieles; de otra manera podríamos pensar que sí se puede vivir sin ellos, pero caeríamos con facilidad y rapidez en la anomia (ausencia de leyes).
Dadas las circunstancias es necesario un mayor control hacia estos personajes, una mayor participación y organización de la comunidad en la vida pública y en público en el manejo de lo social, restaurar todos los mecanismos e instituciones inoperantes, un continuo cambio y movimiento en la consecución de estos propósitos, pero ya nunca más la indolencia, insensibilidad, la queja pavloviana como industria popular, el especular de que no se puede o es imposible, la inmovilización ante nuestras males y desgracias causados por los que hemos llevado a representar nuestros intereses, los de la mayoría.
Nuestra inacción nos ha traído a este estado de cosas, es lo que hemos construido, es nuestra obra, es nuestra desgracia. Nosotros lo hemos permitido, nosotros podemos modificarlo.


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Comentarios


Escrito por JlEsquivel
766 días de antigüedad
Perfectamente, explicado Jose Manuel , te envio una felicitacion, por este articulo,encuentro en tu cronica, algo que siempre he pensado, no solo de la politica , casi en todos los ambitos, existen bichos de estos, nuevamente felicidades atte Jose Luis Esquivel



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