Así de presumida viví hasta ayer, que nos invitaron a comer los papás de un compañero del fútbol de mi querido hooligan, (es mi hijo y el sobrenombre le queda que ni pintado). Tan precioso el día, con un solazo maravilloso, con la mesa preciosa, el mantel deshilado hermoso, la comida como de gourmet exquisita y una vajilla de lo más fina y ya cuando llegamos al café y la comida se convirtió en reunión de Primaria, los niños de un lado y las niñas del otro, yo era Lady Di, les juro, ¡era Lady Di!
Era dueña de la situación, dominaba la plática, me venían a la mente mil temas inteligentes, yo de lo más refinada, hasta tomé el café y ni siquiera me dio por remojar las galletitas, ¡era Lady Di!
De pronto así sin más, el tiempo se detuvo, nada se movía, ni afuera las hojas de los árboles, NADA y frente a los ojos de la anfitriona y demás invitadas me burbujeó por el esófago algo extrañísimo como una bestia furiosa arañando las paredes del tubo digestivo y salió de mi boca como el más estruendoso eructo que ni el susodicho en su largo historial tiene registro de tales decibeles que yo alcancé.
Todas abrieron los ojos como platos soperos -incluyéndome-, el film hizo las tomas alrededor de los protagonistas, las caras estáticas de las mujeres que me rodeaban que ni siquiera respiraban las muy ingratas y mucho menos parpadeaban. No me quedó de otra más que disculparme y hacerme auto-burla aclarando que jamás me había pasado algo similar.
Debut y despedida, segurito que en la vida nos vuelven a invitar, el historial de comiditas futboleras se acabó y es que estoy segura que si ese sapo en vez de provenir de las profundidades de mis jugos gástricos hubiera venido de algún charquito y no más croara así sencillito, de lo más común y corriente lo hubiera yo besado con más pasión que nunca y ya convertido en Carlos ¡volvería a ser Lady Di!




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