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Se dice que el ser humano es más histórico que biológico, es decir, es el único ser vivo que construye su propia historia. Es un ente producto de la evolución, como todas las cosas, de los últimos en hacer acto de presencia en la faz de la tierra y el único que para poder seguir existiendo y vivir en y de ella, tiene que crear sus propios medios de trabajo.
En otras palabras, podemos decir que existe una determinante e indisoluble interacción entre la humanidad y su entorno. En cierta forma es ajeno a esto último porque el hombre no puede prescindir de él, pero su hábitat sí puede estar sin él.
Este duro golpe a su egolatría queda demostrado en su innecesaria presencia en el mundo. Este ser vivo –no es el único-, de darse el caso posible de su extinción, como ha sucedido con otras cosas, las restantes seguirían existiendo, aun sin su presencia.
Resumiendo, dependemos de forma ineludible, de todo lo que nos rodea, y sin embargo, nuestras relaciones y comportamiento con nuestro ecosistema no siempre ha sido armónico y cordial, es asimétrico. A mayores estadios de civilización más grande es el daño que se propicia a la naturaleza.
Hay un rompimiento en el equilibrio en las unidades ambientales, lo comprobamos en su huella ecológica. Esto es muy fácil de rastrear en los desechos consumistas, en su inmediatez hogareña, y en lo general, en su medio ambiente más cercano, aunque esto último es muy relativo porque podemos poseer productos naturales y/o elaborados de lugares o zonas lejanas a su ambiente.
Es muy fácil seguir el impacto a la biodiversidad. Sus vestigios son muy evidentes en un bote de basura o en sus centros de confinamiento. En ellos se puede apreciar el uso, consumo y grados de explotación de sus recursos naturales, de qué manera el agua, suelo, subsuelo y aire son afectados.
La producción serial de artículos de consumo en todos los órdenes nos habla de una articulación manufacturera para su acopio, elaboración, producción y consumo. Un simple mueble, digamos una humilde silla, tiene una historia muy compleja. Las evidencias nos remitirán a un árbol o bien a un bosque con base en un aprovechamiento individual o masivo, que es el que determina el impacto ambiental.
Se suma a ello los medios de trabajo, es decir el tipo de herramienta requerida para su elaboración, como un machete, una sierra eléctrica o de gasolina, y estos últimos nos hablan de la presencia de recursos no renovables como el uso de energéticos en diversas modalidades como el petróleo, gas, etc. Ambas cosas, el recurso natural y los medios de trabajo interactuantes, mantienen una ligazón con otras cosas más.
Qué cantidad de maderamen se ocupó, de qué manera este asiento arborícola es afectado en sí mismo, si se reemplazó exactamente igual, se desforestó o se le dio un nuevo uso al suelo con otro cultivo, lo cual nos conduce a una alteración del sistema ecológico que afecta a la vida animal, vegetal, lluvias, agotamiento o degradación del suelo, subsuelo, y así hasta el infinito.
En la consecución de nutrientes para nuestra subsistencia, sucede algo parecido. En ese mismo recipiente de desechos sólidos si encontramos residuos o restos de pescado, la historia de la poca, mucha o niguna afectación a un ecosistema nos llevará a una cadena de hechos interrelacionados entre sí.
Si el producto acuático consumido es marino, hidrológico, lacustre o de cultivo, el impacto natural estará determinado por los medios utilizados, lo cualitatvo, y por la cantidad de especímenes capturados –lo cuantitativo-, y ambas cosas irremediablemente afectarán para bien o para mal el entorno ambiental involucrado.
Ahora bien, el ser humano no es el único predador de la naturaleza, aunque sí el que aporta la mayor cuota de destrucción de la misma a través de innumerables agentes, por mencionar algunos como la contaminación, y a la biodiversidad en cualquiera de sus modalidades: la genética, la de especies y a los ecosistemas.
En la primera, por alterar su contenido genético por medio de experimentos con organismos genéticamente modificados, es decir, los transgénicos. Modifica también a las especies de esa forma, por la extinción de seres vivos, introducción en entornos de otras especies no originarias en los mismos, al romper cadenas sistémicas, etc. Finalmente, ambas repercuten en los ecosistemas, lo que todo en conjunto sufre cambios muy notables.
Pero no sólo la mano humana altera el contexto natural. Existen otros elementos exógenos o exorreicos como los temblores, huracanes, erupciones volcánicas, cambios climáticos naturales o modificados por el hombre que también dejan su código de barras en estas transformaciones.
En suma, por procesos o eventos naturales o artificiales son inevitables las mutaciones en la biodiversidad, somos indefensos ante ello. A pesar de esto la naturaleza tiene sus propios medios para regenerarse, dar el salto cualitativo, pero es obvio que también tiene sus propios límites, es decir, algunas cosas podrá adaptar a la realidad cambiante y otras no.
Cuando un enorme aerolito hace millones de años impacta a la tierra y se altera la vida por este suceso, con paciencia y tiempo muta su entorno, se rehace, reelabora y reinventa nuevamente. No terminó la vida, se generó una nueva a partir de este hecho, como lo dicta la física: la materia no se crea o se destruye, sólo se transforma.
Pero esta ventajosa situación para el ser humano no debe de generar un clima de indiferencia para su conservación. Muy por el contrario, deben de fomentarse toda una serie de valores y comportamientos éticos generacionales que nos permitan seguir reproduciendo sus beneficios en sus bienes y servicios que ella nos obsequia.
Se debe crear un modelo de desarrollo acorde y armónico entre sus habitantes poblacionales, una comunión o cofradía generacional que nos permita seguir disfrutando de la existencia de este planeta, que hasta el día de hoy es el único al que medio conocemos y aquí vivimos. Una toma de conciencia de su importancia, de un replantearse una nueva manera de vivir, de reeducarnos, y sobre todo, de una praxis puntual de su valía.


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Comentarios


Escrito por deshollinador
639 días de antigüedad
Muy interesantes sus reflexiones, enseguida le hago unos comentarios:

Dice Ud., y no podría estar yo más de acuerdo, que el hombre necesita de la naturaleza para subsistir pero ella no necesita de nosotros... La ciencia se cimenta en la filosofía materialista, ésa que guarda la convicción de que es factible estudiar los fenómenos de la naturaleza para llegar a sintetizarlos y luego exponerlos como leyes. Por otro lado, un pensador de una corriente derivada del idealismo podría asumir que antes del pensamiento humano nada existe, para ellos, el día que el último ser humano muera, el mismo mundo será arrastrado a la nada. Estos pensamientos pudieran parecer fuera de lugar en el tema ecológico que estamos abordando, sin embargo, creo que el egocentrismo que de ellas emana delata parte de las pasiones internas que nos embargan a los humanos y que nos empujan a realizar acciones irracionales a pesar de los riesgos que su práctica nos allegan. Bien dice Ud. que pensar en un mundo que continúa su curso sin nosotros es un duro golpe a nuestro ego. Michael Crichton en su refamosa novela "Parque Jurásico" asienta que es tan inflado el ego del homo sapiens que llama a su extinción "el fin del mundo".

En la era del neoliberalismo es indudable que entre más prosperidad alcanzan las civilizaciones mayor es el daño con el que castigamos a nuestro ecosistema. A pesar de ello, creo que después de aprender nuestras lecciones -y no digo que ya las hayamos aprendido- veremos que no tenemos otra opción que cambiar nuestro modo de vida. La comodidad, lo accesorio..., no podrán ser ya más el objeto de nuestra existencia. Vendrán inexorablemente los controles de natalidad por parte de los Estados, somos demasiados y tal es una verdad cuya comprensión intentamos burlar a toda costa.

El consumismo y el productivimo adolecen del mismo mal: lo accesorio. Cualquier humano requiere de satisfactores materiales, por ejemplo, muebles, muchos de ellos con un tiempo de vida largo, mas el encumbramiento de falsos valores como "el vivir bien" y sus hijas la moda, la vanidad y la superficialidad nos orillan a deshacernos de lo todavía funcional como si de cosa inútil se tratara, convirtiéndose en una práctica viciosa que aumenta significativamente el número de desperdicios que arrojamos al planeta.

Me sujeto a su conclusión: debemos aprender a interpretar las necesidades de nuestro entorno y encausar nuestro modo de vida a sus necesidades, que sin él -me uno a su clamor-, no tenemos manera de continuar el desarrollo de nuestras civilizaciones, desarrollo del que irónicamente nos regodeamos aunque parece que más pronto que tarde terminará consumiéndonos a nosotros mismos.



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