Descubrí la ciudad y puerto de Guaymas en 1961 a la edad de veintiún años, llegué por tierra, procedente de ciudad Obregón. En el momento de mi arribo quedé gratamente cautivado por el bello paisaje de la bahía y el azul turquesa de su mar; los almagres y embarcaciones, gaviotas, pelícanos, mujeres y estrellas marinas.
Desde aquel año 1961, trabajé en diferentes astilleros navales del puerto guaymense rasqueteando y pintando barcos pesqueros. En 1964, laboré en el astillero Playa, cuyo dueño, el ingeniero Antoine G. Vidal, de origen francés, al enterarse de cierto percance que estuve a punto de sufrir durante la botadura de un barco, me exhortó —con el característico acento francés que enfatiza a las erres— a ser más cuidadoso durante las maniobras en el astillero; aduciendo el estimado señor que si por desgracia yo perdiere un pie en alguna mala maniobra, él podría ordenar al carpintero me adaptara una pata de palo y no habría mayor problema; incluso, que el carpintero podría fabricar una mano de palo, ya que era muy buen carpintero, pero no podría injertarme una cabeza de palo si surgiere tan penosa eventualidad, pues, aunque el carpintero era muy bueno en su oficio —según lo habíamos anotado ya—, no lo era tanto como para generar tal milagro. La pertinente aclaración de Don Antoine se debió porque —durante la botadura— una rueda de la cuna del barco estuvo a punto de herirme el cuello. Con este entendido, desde aquel día comprendí que no debería arriesgarme a impedir la consumación de algún accidente que pudiere provocar pérdidas materiales, y tuve, por principio de cuentas, garantizar —ante todo— la seguridad de mi integridad física y la de mis compañeros; así, atendiendo al consejo de Don Antoine, nunca le implicaría tareas extras a ningún carpintero.
El comprensivo Don Antoine invariablemente nos auxiliaba cuando solicitábamos su ayuda; no obstante, sus empleados experimentamos que jamás con justificada razón podríamos demandarle un adelanto de la raya, porque su respuesta inexorable —a manera de oración— sería:
—Tengo varices. Tengo asma. Tengo leucemia. ¡Lo que no tengo es dinero!
Tal vez Don Antoine no tenía dinero; lo único que sabíamos con certeza era que el astillero Playa brindaba servicios múltiples a diversas flotas pesqueras, incluyendo a la próspera Costamex, la cual era propiedad —y el negocio más redondo— de nuestro ponderado amigo Don Antoine.
El Alferaz, barco muy marinero, sobreviviente al ciclón Liza en 1976, fue uno de los camaroneros más modernos de Costamex y de toda la flota pesquera de la región; actualmente, uno de sus ex motoristas —el sr. Enrique Hernández Quiroz— es mi amigo. Así mismo, también de la flota Costamex, conocí al Andrómeda A, Andrómeda B, Arcturus, Alkair, Altair, Alioth, Antares, Almajean y Aldebarán, entre otros barcos, a todos los cuales yo rotulaba ocasionalmente sus respectivos nombres.
Los barcos de Costamex fueron bautizados por Don Antoine utilizando los nombres de estrellas y constelaciones que inician con la letra A de Antoine, con la loable intención de bendecirlos a todos por igual.
Don Antoine fue prisionero de los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial y lo obligaron a trabajar en un astillero nazi donde construían buques de guerra. En ese astillero nazi —nos comentaba Don Antoine— él era el areneador y tenía la encomienda de arenear completamente todos los buques.
Arenear consiste en rociar con arena a alta presión (120 libras por pulgada cuadrada –PSI, por sus siglas en inglés–) planchas de fierro o acero para remover la capa de óxido que las cubre. Los gringos llaman a este procedimiento sandblasting, que es el areneado. Las áreas anexas a la superficie que se arenea quedan totalmente arenadas, por lo que es necesario, después del areneo, recoger la arena dispersada. El areneador requiere una escafandra con suministro de oxígeno para llevar a cabo su actividad.
Fue precisamente Don Antoine en el astillero Playa quien me enseñó a manejar la presión de los compresores de aire —conjuntamente con la olla de arena— para aplicar el chorro de arena anticorrosivo. Aprendí bien la técnica; esta fue la principal actividad que desarrollé en algunos astilleros de Guaymas, mayormente en el astillero Monarca, en el cual construíamos barcos pesqueros de acero destinados tanto a México como a países centroamericanos; esto, durante los respectivos sexenios de los ex presidentes de México José López Portillo y Pacheco, y Miguel de la Madrid Hurtado.
Una vez se presentó en el astillero Monarca un teniente de la marina quien tenía dudas sobre la operación de un nuevo equipo de areneo, mismo que recientemente había recibido en el antiguo Varadero Nacional de Guaymas —ahora Astillero de Marina 6— y no podía arenear, por lo que, con gusto, acompañé a dicho teniente al Varadero Nacional para mostrarle la manera adecuada de operar el nuevo equipo y pudiese lograr el areneado eficiente que requería.
Don Antoine G. Vidal lamentablemente falleció el 8 de diciembre de 1968, mas su sentido humanitario para la enseñanza y su pasión por el trabajo marinero no partieron con él; aún mejor, los testó a quienes tuvimos la buenaventura de conocerlo. Por eso, a pesar del tiempo —más de cuatro décadas— y de los avatares propios de la vida, todavía mantenemos viva su memoria en nuestros corazones.
—¡Rabias!, si usted es mi amigo, jamás me dirá Gatomocho como me apodan los demás, ¿eh?
—¡Claro que no, Don Antoine!
Fin.
El oficio de Antoine
Escrito por Rosendo Durán Gil 657 días de antigüedad - LiteraturaQuién votó por este artículo
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