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El robo de libros:

Escrito por reql8 575 días de antigüedad - Literatura
Rosely E. Quijano León

“Para aquel que roba, o pide prestado un libro
y a su dueño no lo devuelve,
que se le mude en sierpe la mano y lo desgarre…”

Todo aquel que es amante de la lectura, por lo general, lo es también de los libros; son aquellos que aprecian no sólo el contenido sino el material, la textura, la calidad de impresión, la tipografía, el color, la pasta y, hasta el olor, pues por ahí hay quienes al abrir un libro nuevo lo primero que hacen es disfrutar el aroma de las páginas nuevas, en pocas palabras bibliófilos de corazón. Muchos de ellos se aficionan tanto con los libros que llegan incluso a la bibliocleptomanía, con tal de poseer un determinado volumen o tomo.
Este tema ha sido recreado en películas y libros, y esta práctica no sólo se ha realizado con libros antiguos o ejemplares únicos, basta con recordar cuántas veces hemos prestado un libro y nunca lo hemos devuelto, o viceversa, cuántas veces hemos dado prestado un libro y nunca regresa, y realmente siempre recordamos, de muy mala manera por cierto, a esa persona y por lo general, nunca la olvidaremos.
Pero si nos remontamos al pasado encontramos al ladrón más famoso de libros, su nombre real es Guglielmo Bruto Icilio Timoleone, conde Libri-Carrucci della Sommaia, nacido en Florencia en 1803. Estudió derecho y matemáticas e impartió cátedra en la Universidad de Pisa, pero su amor hacia los libros lo llevó a desear un puesto en la Biblioteca Real, el cual, por cierto, nunca obtuvo, hasta que en 1841 obtiene el cargo para supervisar el catálogo oficial de las bibliotecas públicas.
Este personaje se dice que tenía una apariencia desagradable: “por su aspecto se diría que no ha usado nunca agua y jabón o un cepillo… Es una persona bastante corpulenta, de aspecto jovial pero de facciones vulgares”, comentó su entrevistador de trabajo. Aprovechándose de este puesto, el conde Libri vestido con una amplia capa bajo la cual ocultaba sus tesoros se introdujo en bibliotecas de toda Francia; de hecho, se dice que no sólo robó tomos completos, sino que arrancó páginas que luego exhibía o vendía. Libri fue acusado en varias ocasiones, pero las autoridades nunca las tomaron en serio, años más tarde fue condenado a diez años en prisión.
En la Edad Media y el Renacimiento el robo de libros fue una plaga, incluso el Papa Benedicto XIV expidió una bula en la que condenaba con la excomunión a los ladrones de libros. De igual forma se tomaron otras medidas para resguardarlos, en ocasiones extremas, como encadenarlos; pero en otros lados, como bibliotecas y en los mismos libros aparecían sentencias dirigidas a los ladrones como las siguientes:

El nombre de mi dueño puedes verlo aquí,
Cuídate, entonces, de robarme a mí;
Porque si lo haces, sin dilación,
Pagarás con el cuello mi desaparición.
Mira más abajo y la imagen verás
De la horca de donde colgarás
Toma buena nota y contente,
No sea que por ese árbol ¡muy alto trepes!

Seguramente esta advertencia debió “asustar” a muchos ladrones de libros, pero en la actualidad a pesar de los sistemas tan avanzados de seguridad los libros siguen desapareciendo de las librerías y bibliotecas. Y ni que decir cuándo el mismo libro nos sugiere hacerlo, como es el curioso caso del libro de Abbie Hoffman titulado “Roba este libro” (Steal this book) publicado en 1971, y que ha ocasionado que más de una vez sea realmente robado de las librerías, como sucedió en una exposición de arte moderno en Suiza donde dicho libro se encontraba en una especie de incubadora para representar la violación a la ley por parte de páginas de internet y un individuo sustrajo el libro, a pesar de ello los organizadores del evento decidieron no denunciarlo pues esperan que lo devuelva, sin embargo, el título tan sugestivo del libro ha propiciado que muchos libreros se nieguen a venderlo.

Pero no cabe duda que no es lo mismo robar un libro por el placer de poseerlo o por afición, que por dinero. En diciembre de 2005 cuatro jóvenes alrededor de los 20 años fueron condenados a más de 7 años de cárcel por robar y vender libros de la biblioteca de la Universidad de Transilvania en Kentucky. Uno de los ejemplares robados fue una primera edición de “El origen de las especies” de Charles Darwin.
Pero al fin y al cabo quiénes somos nosotros para juzgar a Libris o cualquier otro ladrón de libros que lo hiciera por devoción a ellos, quiénes no hemos tenido, aunque sea la intención, de sustraer uno de una biblioteca, a algún sujeto despistado, o de alguna persona bien intencionado, en fin, por lo menos la inquietud la hemos tenido más de una vez, y algunos han ido más allá de la intención. Pero seguramente si le pusiéramos a nuestros libros la leyenda con la que iniciamos y que a continuación cerrará este tema, seguramente volverían esos libros que alguna vez prestamos y nunca regresaron:

“Que quede paralizado y condenados todos sus miembros.
Que desfallezca de dolor, suplicando a gritos misericordia,
Y que nada alivie sus sufrimientos hasta que perezca.
Que los gusanos de los libros le roan las entrañas
Como lo hace el remordimiento que nunca cesa.
Y que cuando, finalmente, descienda al castigo eterno,
Que las llamas del infierno lo consuman para siempre”





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