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La mímica de la sombra

Escrito por Tormenta_en_el_tintero 770 días de antigüedad - Literatura
LA MÍMICA DE LA SOMBRA

Neftalí Báez R.




-JACINTO NO ES TU AMIGO, YA TE HUBIERA DICHO SU SECRETO, no seas pendejo -me decía la Felicia-, no te tiene confianza, Aldo, si no ya te lo hubiera dicho -seguía diciéndome la culera quien en ese entonces era la más fósil del quinto be y creo que también de todo el turno vespertino de la primaria-. Al Jacinto tú le vales madre, Aldito.
Pensé, equivocadamente, que aquel secreto consistía en la condición de Jacinto de niño adoptado, eso él mismo ya me lo había dicho.
La tarde era reducida a cada puñalada del segundero y pronto el reloj de la escuela iba a soltar el alarido que nos dejaría libres al fin. La maestra nos había dicho hace rato que guardáramos nuestras cosas. Ya quería irme a cenar y ver la tele, pero como me sentaba hasta atrás junto a Felicia, era presa de su veneno destilado. ¡Chingao! cómo en ese entonces no había celulares con que fingir una llamada e ignorarla. Pero ya era tarde y Felicia sabía que con la noche siempre bajaban mis defensas, como si también anocheciera en mi cabeza. Éramos los que nos tocaba por lista sentarnos hasta el rincón, ella atrás de mi, susurrándome al oído, chingando, siempre chingando. En cambio el Jacinto era de los que se sentaban hasta adelante, de los primeritos en la lista.
-Nel, ya cállate -le dije a Felicia, sin imaginar cómo es que ella sabía tanto del Jacinto a tan poco tiempo de haber llegado, proveniente de una primaria al norte del país-. ¿A poco tú sí sabes su secreto?
-Ahuevo, Aldito pendejito -la cabrona me dio un pachazo el la nuca, me volteé a verla y quise decirle a la maestra, pero me ganaba la curiosidad-. Al güeycito del Jacinto lo odia su papá.
-No mames -le dije y moví la cabeza para adelante, fuera del alcance de sus manos.
-Sí, cabrón, el papá del Jacinto los odia, a él y a su mamá, no vive con ellos -me seguía diciendo la chismosa-, hizo pacto con el diablo para vengarse de los dos, por eso hoy va a venir vestido de mujer a recoger al Jacinto, se va a hacer pasar por su mamá. El diablo solamente puede hacer que Jacinto sea el único que no se dé color.
Sonó por fin el timbre y me encaminé a la salida con afán de alcanzar a Jacinto y que me desmintiera el disparate de la Infelicia cabrona, pero como Jacinto era de los más cercanos a la puerta ya no lo alcancé, además con el griterío de todos los chavos tampoco me escuchó. Yo no conocía a su papá pero si éste lo había adoptado, debía de quererlo, ¿no?
En la verja de la escuela esperaba Jacinto y me encaminé hacia él, en eso llegó en bicicleta una mujer extraña que no era su madre (a la que había visto en pocas ocasiones), pero Jacinto la llamó mamá y se fue con ella. Verla, aunque fuera de manera fugaz, inquietaba, como ver una bala o una escopeta aunque te hayan dicho que está descargada, una que al verle su ojo oscuro te imaginas que ha cegado a muchos.
Pinche Infelicia culerilla. Siempre se enteraba de las cosas oscuras de todos. Ahí me pregunté si sabría también lo mío.
En eso llegó junto a mi y me dijo:
-¿Qué, no piensas seguirlos, jotito?
Hija de, madre de, y ¡puta!, pensé pero no se lo dije, porque como ya lo conté, era mayor, más alta que yo y re-buena pa' los madrazos. Si tan sólo Jacinto hubiera tenido teléfono en ese entonces le habría llamado y listo.
Ya me quería ir a mi casa, bastante tenía con mis asuntos en aquel entonces. Debía llegar temprano porque con mis viejitos se me podía armar cabrón, sobre todo con el viejo si me llevaba al cuarto de los tiliches. En ese cuarto mejor me evadía, me imaginaba descifrando el mensaje de las sombras de mis juguetes, de mis superhéroes jubilados y mis robots descompuestos, mientras el viejo se abandonaba a mí, yo era consolado por la sombra de mis compañeros de plástico. Esta sombra, sin embargo, era tan real como la mía y tan oscura como la del viejo.
-Síguelos, Aldito -decía Felicia-, porque ¿adivina qué? -su mirada traslucía su típica expresión de cuando había tramado y ejecutado alguna chingadera, siguió diciendo con sorna-: Dejé un papel en el buzón de la casa de Jacinto, firmado con tu nombre y dirección, donde dice que tú ya sabes todo lo de su papá y que vas a ir con la poli, así que si no quieres que te busque el señor satánico que acabas de ver disfrazado de mujer...
Me quedé paralizado, deseando ir a acusar a Felicia con la maestra, con la poli, con mis demás compañeros, pero éstos últimos no me creerían, porque los había cambiado por la floreciente amistad del Jacinto, el niño nuevo del salón.
Ya estaba oscuro y la escuela se vaciaba con rapidez. Pensé que quizá la Felicia al verme preocupado y presto a correr a la encomienda, me revelaría la broma, pero en el fondo yo sabía que no bromeaba, que seguía siendo la vieja más cabrona de la primaria y que ya me había enmierdado otra vez en un problema.
Troté con discreción para seguir a Jacinto, después arreglaría cuentas con la Infelicia.
La acompañante de Jacinto parecía mujer pero tenía ciertos rasgos que hacían un poco razonable el cuento de mi compañera, rasgos que adiviné toscos, hombrunos, como podrían ser los del padre de Jacinto. Como fuera, tenía que ir y cerciorarme de que Felicia no hubiera dejado el susodicho recado en el buzón, y si lo hizo, recuperarlo antes de que lo leyeran.
No pedaleaba tan fuerte la “mujer” porque Jacinto con su mochilota iba sujetado a ella en la parte de atrás de la bici. Por eso no me fue difícil seguirlos hasta su casa, una modesta vivienda de dos plantas en la que se notaba que aún no habían terminado de mudar sus vidas. Algunas ventanas no tenían cortina, eran ojos sin párpado de los monstruos que veía en las películas, ojos que nunca duermen.
Jacinto y su falsa mamá bajaron de la bicicleta y entraron a la casa. Los vi desde una prudente distancia, entonces, después de echar un vistazo a mi alrededor para ver si alguien me miraba, me acerqué temblando al buzón. Era de esos cuadrados que tienen una rendija metálica, estaba mal pintado de un verde similar al moho. Di otro vistazo para comprobar que no había moros en la costa, levanté la rendija y atisbé discretamente echando luz con mi reloj de pulsera.
Recuerdo que no vi ni madres, pero creí advertir algo que se antojaba desagradable, una broma más de Felicia, pero tuve que correr el riesgo, así que desesperado metí mi brazo de niño flaco de aquel entonces. Hice algunas contorsiones y comencé a sudar mi frío en tanto que metía el antebrazo a esa suerte de boca muerta, la boca de un monstruo de cabeza cuadrada, mientras el doctor Frankenstein habría de estar conectando los cables de corriente a un interruptor principal.
Mis dedos rozaron un borde irregular, algo que intuía como las barbas de papel de una hoja arrancada del espiral, sentía una fricción metálica en mi antebrazo, el monstruo cara de buzón usaba brackets en la dentadura, miré hacia la casa por si acaso me veían, nada. Otra vez el borde irregular en las puntas de mis dedos. La noche seguía, se diluía en mi sudor, un poco cada vez, en cada gotita sentía cómo me palpaba, me paladeaba tal como a uno de sus bocadillos diarios. Sujeté por fin el papel con fuerza. Sacar la mano fue una labor más rápida y dolorosa.
Había poca luz y no pude leer la nota, no usé la lucecita del reloj, no era importante en ese momento.
Ahora, ante mí tenía opciones arriesgadas y poco probables, sentía menos nervios que al principio, creo que algo de seguridad provenía de guardarme la nota en el bolsillo, sin embargo descubrí que no era el héroe que creía ser, aquel siempre capaz de responder mejor que cualquier víctima en las películas de espantos.
No sabía que tan cierto podía ser el peligro que corría Jacinto, por eso descarté pedir a algún vecino que llamara a la poli, además me daba pena que me tomaran por un bromista al tener que dar una explicación, o al inventar una emergencia falsa.
Me quedé con el plan be: espiar por las ventanas y en cuanto sucediera algo, timbrar, tocar o romper un cristal para crear una distracción con la que Jacinto y yo podríamos huir. Sí, ese era el mejor plan.
La ventana a la que me asomé con discreción me ofreció un espectáculo horrible. No hablo de la decoración de la sala, de los sillones cubiertos con plástico, de los cuadros donde parecía gemir el color, recargados en la pared al pie de los muros blancos, fantasmas de piedra aletargados en su solead. No, hablo de que justo ahí en esa sala, frente al pobre Jacinto, ambas señoras, la mamá de verdad y la falsa, se besaban en la boca, se acariciaban.
Jacinto tomó de una mesa un tazón con cereal y se alejó hacia otra habitación, se detuvo a medio camino, volteó y dijo:
-Mamá.
Ambas señoras voltearon a mirarle de inmediato.
Jacinto, mirando a una y a otra, al fin atinó a contarles:
-Ya tengo un amigo en el salón.
-¿Ah sí? Que bueno, tesoro -contestó una.
-¿Y cómo se llama, tesoro? -dijo la otra.
-Aldo. ¿Me dejan invitarlo a la casa?
En ese momento crujió la ventana en la que apoyaba mi mano y creí ser descubierto por la mirada de Jacinto, me alejé en cuanto la señora más próxima a mí comenzaba a voltear.
Corrí y desahogué mis ojos en el trayecto a casa, apelé angustioso a que la oscuridad me hubiera guardado de ser descubierto por mi amigo, a que ésta me hubiera deformado los rasgos, a tenerlos sombreados con su pincel renegrido.
Ya en mi cuarto, saqué la nota recuperada del buzón de Jacinto y desdoblé el papel.
Felicia no había escrito nada sobre el secreto de Jacinto, ni había firmado con mi nombre. La nota sólo decía:
“Aldito: ora necesito que me inventes un cuento de tu vecino el mongolito, al que dice tu otra vecinilla que te gusta espiar cuando lo dejan jugando solo, o voy a decirle al Jacinto y al salón que tu papá siempre se toma esas botellas que lo transforman en mister jayd y que luego les pega a tí y a tu mamá y que por eso dices que vas a karate y que por eso trais los moretones esos bien gachos.”
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