La madera del mueble del antecomedor de la casa de la señora Suárez, había sido traída desde Morelia, Michoacán. Rosendo Ríos, encargado de talar aquel árbol, lo hizo muy a su manera. Bajo un sol despiadado y con sus meras manos, comenzó por quitarle la corteza al tronco, lo hizo con tal cuidado que no fuera a desperdiciarse nada, después, despiezó el tronco en finas tablas y las colocó delicadamente sobre el remolque de fierro verde que traía la camioneta del arquitecto, para llevársela al carpintero. Mientras esperaba a que se secara la humedad de la madera recién cortada, Rosendo se tiró boca abajo sobre la tierra fría, pegó su rostro contra el suelo, y dejó que el aire fresco del bosque hiciera bailar a las hojas y, mientras las hojas bailaban con el aire fresco del bosque, el sol se asomaba casualmente formando efímeros rayos de luz.
La madera llegó al carpintero. Sumisa, reposaba sobre la mesa de trabajo mientras se preparaba el del oficio. Sus manos ásperas, tomaban las herramientas, embonando como piezas de rompecabezas: cada callo tenía su lugar. Cortó las tablas en diferentes tamaños, varias largas y anchas, algunas cortas, otras finas y angostas, dejó algunas gruesas para el grabado. Después comenzó a tallar, a tallar, a tallar, para las tablas delgadas usaba una lija más suave. Empezaba desde un extremo e iba deslizando la lija poco a poco a través de la viga. Lo hacía por delante y por detrás. Cuando toda la madera quedó uniforme, recargó las tablas sobre la pared, las vio por un momento apreciando su buen trabajo y se dispuso a armar el mueble. Primero, pegó horizontalmente y paralelas, las tablas anchas, formando estantes macizos. Las tablas más delgadas las usó para el fondo. Para la parte superior del mueble había tallado unas tablas en forma de curva que, al juntarlas, formaban un pico en el centro.
Lo que unía todas las piezas eran dos partes gruesas que iban a los lados, estas debían llevar los grabados. El carpintero hacía del grabado un deleite, mientras lo hacía, escuchaba música. Empezaba con “Adiós mariquita linda” y mientras cantaba y chiflaba junto a la tonada, sus manos, en armonía con la gubia, la recorrían, lento y suave. El olor de la madera al ser penetrada, anegaba sus sentidos, y este dejaba de ser hombre, y llevado por sus instintos, se hacían uno y juntos bailaban y se acariciaban, gozaban y se entregaban.
Quedó terminado el mueble. Y del aserradero fue a dar a la casa de la señora Suárez. Ahí, con el trabajo de dos señores, fue colocado en el antecomedor.
La señora se dirigió al pasillo en donde estaban las cajas en que guardaba sus jarrones, eran cajas de cartón café. Cargó la primera con las dos manos y la puso sobre la mesa del antecomedor, y así sucesivamente fue regresando por las demás hasta tener las cuatro sobre la mesa. Trajo un cuchillo de la cocina y cortó la parte superior de cada caja, lo indicaban con una X de color negro. Abrió la caja que tenia a su lado derecho, y se encontró con el primer jarrón, envuelto en periódico. Lo sacó con mucho cuidado, lo deslizó hacia arriba hasta tenerlo entero en sus manos, lo desenvolvió y puso el periódico sobre la mesa, era el de cerámica, su mirada se perdió, semejante a la de un niño, y no quiso dejar de mirarlo. Y el viento corrió, y las hojas bailaron.
Dio media vuelta y tuvo al mueble de frente, caminó un par de pasos y estiró sus dos brazos con el jarrón entre las manos, lo puso en el extremo izquierdo de la repisa más alta de las dos que tenía. Regresó a la mesa y siguió desempacando jarrón por jarrón, el viejo periódico se fue acumulando en un lado y las cajas fueron quedando vacías. Los puso acomodados todos en la misma repisa, uno a lado del otro.
La señora Suárez terminó exhausta, mas consciente de que los jarrones necesitaban ser sacudidos, así que decidió irse a dormir y limpiarlos hasta el siguiente día.
La luz entró por el ventanal del cuarto de la señora Suárez; ella abrió los ojos y no se demoró en pararse de la cama. Apresurada fue hacia el lavabo de su baño y se mojó la cara con sus manos, se secó con la toalla blanca que estaba colgada a la derecha y se vio en el espejo. Recorrió el pasillo y, al momento de abrir la puerta que daba al área del antecomedor, la cocina y demás, sintió una potente brisa sobre su cuerpo, desde los dedos de los pies, subió por sus piernas, entró en sus pulmones y volvió a salir sacudiendo su cabello. La señora Suárez siguió caminando, pasó el antecomedor, empujó la puerta de vaivén que daba a la cocina y tomó el sacudidor que iba a utilizar para limpiar sus jarrones. Volvió al antecomedor y se detuvo a un lado del mueble.
El olor.
Era el bosque, le llegó hasta sus entrañas, le llenó los pulmones y circuló por sus venas. La señora Suárez pegó su rostro contra el mueble, fresco, vivo. Entonces escuchó la música, y dejó de ser mujer, y dejándose llevar, se hicieron uno, y juntos bailaron y se acariciaron, gozaron y se entregaron.
Fascinada, admiró de nuevo su colección.
Tomó uno de los jarrones, ninguno era igual a otro, y comenzó a sacudirlo, primero por fuera, todos los lados, y la base también, después por dentro. Era el blanco de cerámica india, lo tomó por los lados, lo puso frente a ella y pasó las yemas de sus dedos desde la boquilla hasta abajo, acariciando cada espacio en su circunferencia.
Entonces comenzaron unas fuertes percusiones y sonidos de tambores acompañados de unas entonadas voces masculinas, y arrullándose con la armonía, siguió sacudiendo. Una mano agarraba el jarrón frío para detenerlo, mientras la otra pasaba el paño a través de la superficie porosa, pues era cerámica sin vidriar, ya que alguna vez sirvió para almacenar agua. “Aún recuerdo la cara de la mujer cuando me trataba de explicar estas cosas.” Las figuras repetitivas grabadas en la parte del centro, desfilaban alrededor del jarrón frente a sus ojos. Apareció luego la voz de una mujer junto a las percusiones armonizando notas altas, y sin siquiera entender el idioma, la señora Suárez sintió tanta empatía que cantó junto a ella. Juntas se elevaron sus voces, y dejaron que bailaran las hojas. Y el espacio se hizo aire, y el aire se hizo espacio.
Recorrió cada lugar, algunos más ásperos que otros, cada detalle. Lo volvió a poner en su lugar y tomó el siguiente. Decidió irse en orden, así que cogió el de al lado de éste. Era el jarrón de porcelana.
El reflejo de la cara de la señora Suárez en el blanco barnizado, la veía como si una parte de ella se hubiera quedado en el jarrón. Y cuando la señora lo veía de vuelta, recordaba a aquella que fue cuando estuvo en Rusia. Era un jarrón no muy alto en forma de óvalo, pero tenia tal presencia que, la primera vez que lo vio, quiso que fuera para ella, sin importar la cantidad de dinero que debía ofrecer por él. Iba sobre una base dorada, a ésta, le seguían dos adornos que lo sostenían por los lados y en la parte de arriba tenía una amplia abertura delineada de azul. La porcelana blanca estaba decorada con complementos pintados a mano que retrataban a una delicada mujer recostada sobre un sillón y unas líneas que recorrían la circunferencia del jarrón. Lo había echo un francés, que ya de viejo, se había dedicado a hacer réplicas del porcelanista ruso Ivan Riznich.
La señora Suárez seguía sacudiendo, con su mano recorrió de manera circular el jarrón por dentro para limpiarlo. Cuando terminó, lo puso de nuevo en su lugar y fue a desempolvar el paño a la parte de enfrente de su casa. Se detuvo en la banqueta y lo sacudió bruscamente hasta quedar satisfecha. Regresó al antecomedor y tomó el tercero.
Era un jarrón tribal traído de Ecuador. Color negro azabache, ancho y redondo, con un cuello angosto y largo y la boquilla recta al final. Había sido un regalo. La señora Suárez gozaba soplar sobre la boquilla, logrando que se hiciera aquel sonido que tanto le gustaba.
Hubo un día, en la provincia de Bolívar, que la señora Suárez debía estar en la estación del tren a las doce del día en punto para dirigirse a Quito. Llegó a la estación tirando de su maleta con una mano y cargando su fiel bolsa de viaje con la otra, vio el reloj colgado en la pared y se dio cuenta que había llegado demasiado temprano, así que esperó sentada a que se hiciera hora. Iba a abrir el compartimiento de afuera de su maleta, cuando se percató del desastre que eran sus uñas, así que prefirió arreglárselas mientras esperaba, sacó de su bolsa los utensilios necesarios y se dispuso a embellecerse. Primero se limpió las manos pasándose una toallita húmeda por las palmas, después por la parte dorsal hasta dejar el paño lleno de mugre. Cuando quedaron limpias, se detuvo por un momento y las observó, se percató de los lunares que antes no tenía y ahora estaban en ella y pensó en cuánto tiempo había pasado ya. Dejó la toalla sucia a un lado y tomó el cortauñas. Con la mano derecha comenzó a quitarse lo sucio de las uñas de la mano izquierda, empezó por el dedo índice y dejó el pulgar para el final, hizo lo mismo para la mano derecha. La señora parecía muy entretenida en lo que estaba haciendo, sin embargo, dentro de ella había tantos sentimientos revueltos que le hicieron derramar algunas lágrimas, tomó el paño sucio y se limpió la cara delicadamente. Sintió pena al darse cuenta que en un lugar tan público había tenido tal descarga de emociones, entonces volvió a guardar los utensilios y cerró todos los compartimientos de su maleta.
Volteó a ver el reloj de nuevo, eran quince después de las doce, se alteró por un segundo y de prisa se puso de pie para buscar a alguien que la pudiera ayudar. Notó una ventanilla en donde una señorita sentada en una silla se carcajeaba frente al televisor.
Cuando la llamó, la muchacha la volteó a ver aún riéndose, obligando a la señora a sonreírle de vuelta. –“Estoy esperando al tren que va a Quito, debió haber pasado a las doce.” La joven se deslizó con la silla y tomó unos papeles que estaban sobre el escritorio al lado de la tele, rápidamente los ojeó mientras los iba pasando hacia atrás y luego de vuelta hacia delante y luego otra vez hacia atrás.
–“Va a pasar hasta mañana, no se vendieron suficientes boletos. Mañana a las doce.” Al escuchar esto la señora se preguntó a qué se le consideraba suficiente y tuvo un pequeño sentimiento de minusvalía. –“¿Sería mucha molestia si te dejo mi maleta para que me la guardes y mañana que regrese vengo por ella?” La muchacha, quien no había tenido nada más interesante que hacer hasta ahora, aceptó guardársela, la metieron en un pequeño cuarto con llave y se pusieron de acuerdo para encontrarse en veinticuatro horas en el mismo lugar. Salió de la estación dispuesta a lo que sea, pues se acababa de agregar un día entero a su vida. Tomó un taxi y pidió que la llevara al centro de la provincia. Al llegar, se bajó por la puerta trasera del lado derecho. Estuvo caminando alrededor de la plaza un rato, se hizo hora de comer y escogió un restaurante. Se sentó, y sacó su abanico chino mientras veía el menú. Pidió Locro de queso.
Notó la presencia de un caballero que había estado pasando frente a su mesa, ella, queriendo ser acompañada, lo volteó a ver, y cuando sus ojos hicieron contacto, le sonrió. Entonces el señor se armó de valor y se acercó. –“¿La puedo acompañar?”
La señora aceptó su compañía. Era un hombre alto, vestido con un pantalón gris oscuro y una camisa de botones blanca, llevaba los zapatos bien boleados y tenía el cabello gris, cubierto por un sombrero panameño que se quitó al sentarse. –“Y ¿Qué hace usted aquí?” le preguntó él. –“Vengo de viaje, hoy iba para Quito, pero no llegó el tren de regreso, pasa hasta mañana.” –“Que coincidencia.” Dijo él. Platicaron de cosas insignificantes mientras comían. Terminaron, él pagó la cuenta, y se pusieron de pie.
Caminaron juntos toda la plaza, después, fueron a los callejones y los recorrieron de lado a lado. En uno de estos, estaba un señor vendiendo jarrones, la señora Suárez se detuvo ahí y los observó, uno por uno. La alcanzó su acompañante, y se detuvo junto a ella a observar los jarrones. Entonces se interrumpió el tiempo, y quietos, uno contra el otro, perdieron los sentidos, y en la inmensidad de la nada, convergieron, en el mismo espacio, en el mismo momento.
Pasaron las veinticuatro horas, debían regresar a la estación. Caminaron de regreso a la estación y se sentaron a esperar al tren. La señora recordó que debía ir por su maleta, se puso de pie y caminó hacia la ventanilla, ahí estaba la muchacha, esta, volteó al sentir que alguien se aproximaba, y al ver la cara de la señora, se vio obligada a sonreírle de vuelta. Recogió la maleta, y regresó a donde estaba siendo esperada. Antes de sentarse vio el reloj de la pared y prefirió irse encaminando hacia la parada, el señor se puso de pie y fueron juntos. Desde su llegada a la estación no habían dicho una sola palabra.
Vieron el tren venir a lo lejos, el señor le entregó el jarrón envuelto en periódico con la mano derecha, pues con la izquierda llevaba la maleta de la señora. Se sacudieron los cabellos de ambos con el paso del tren, éste se detuvo y se abrieron las puertas. El señor subió la maleta, y luego le ayudo a subir, tomándola de la mano. Viéndose a los ojos, ella arriba y el abajo, se despidieron para siempre. –“Adiós Elena.”
La señora puso de vuelta el jarrón en el mueble y, viendo sus manos con aquellas pecas, pensó de nuevo en cuánto tiempo había pasado ya.
Tomó el último jarrón, era el de bronce. Este se lo habían traído de China.
Un invierno, cuando la señora venía llegando de alguno de sus viajes, se encontró con su esposo en la oficina de la casa donde a veces trabajaba. Estaba sentado en la silla recargado totalmente fumando un puro de los que le había traído su esposa cuando fue a Cuba. La señora entró para saludarlo. El señor Suárez se puso de pie para recibirla, la tomó de las manos, la miró a los ojos y la besó. Salieron al jardín trasero de la casa y la señora le contó todo sobre el viaje.
El señor Suárez se había enamorado de ella por sus manos, siempre pensó que definían el carácter de una persona, eran delicadas y hermosas. Constantemente se lo hacía saber.
Cuando la señora terminó de hablar sobre su viaje, su esposo le anunció que debía ir a China a trabajar por un mes. Terminaron de tomarse el agua de mango y volvieron adentro de la casa.
Pasó una semana, y el señor se fue a China. La señora dedicó ese tiempo a su casa, la limpió, reacomodó los sillones, cocinó nuevas recetas, colgó fotos; la disfrutó. Luego se dio un tiempo para descansar.
Después del mes, llegó el esposo de oriente. Le había traído a su señora el jarrón de bronce. Le explicó que el jarrón tenía piezas de un antiguo espejo de bronce chino. Este espejo tenia, en relieve, fragmentos de la mitología China por un lado, y por el otro, reflejaba el alma de aquellas personas que ya se habían ido. El jarrón llevaba algunas de las piezas en relieve por un lado y algunas del espejo por el otro. La señora encantada puso el jarrón en una mesa de su recámara.
Hubo un día en que el señor Suárez no se sintió bien.
Y pasó el tiempo. Y el viento corrió, y las hojas bailaron.
Al cabo de dos semanas no se podía parar de la cama. La señora Suárez sabía que le quedaba poco tiempo, y se dedicó a cuidarlo y a hacerle compañía. En menos de una semana, el señor Suárez falleció. La señora, sabiendo que su esposo había descansado al fin, volvió a su vida normal en cuanto pudo.
Una vez, en su soledad mientras comía, decidió mandar a hacer un mueble para poder poner sus dos jarrones que tenía. Y así lo hizo. Y en ese tiempo, siguió viajando y conociendo. Hasta que llegó el mueble a su casa, y se dispuso a sacar los recuerdos de las cajas para así volver a vivir y a cantar y a bailar y a llorar y a gozar, a gozar, a gozar.
Los jarrones de la señora Suárez
Escrito por adriana 729 días de antigüedad - LiteraturaQuién votó por este artículo
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