Así, suavecita, fue entrando mi voz hasta las palpitaciones de su piel.
Se estremeció y me ofreció un poco de sí misma, entreabrió los labios
y sin pensarlo le robé el aroma para mi deleite.
Cuando por fin se deshizo de mi abrazo lascivo, sonreía invitándome a
sorber un poco más de su benéfica sustancia.
Sentada frente a mi, ofreciendo el más bello paisaje de su piernas
extendidas, la contemplé con deseo y aprecié en sus muslos el suave
olor de los cafetales y el grano inmaduro que se desprendía de sus
caderas.
Logré acercarme tambaleando, presa de una urgencia por poseerla, por
adueñarme de su conciencia, por ser el motivo de su desgaste nocturno
y de su duermevela, de sus suspiros y sus ayes de placer. Pero sólo
obtuve una larga mirada marrón que me desvestía y me presentaba ante
ella desnudo e inválido.
Le repetí que sabía a café, que era deliciosa una mujer con aroma de
café, que podía sorberse o disfrutarse, que le haría el amor
sirviéndola en mi mesa, por las mañanas frías, en la tardes de
soledad, en mis horas aburridas, servirla en mi mejor taza, llevármela
a la cama, disfrutarla entre las sábanas, aspirarla en su febril
postura frente a mi, con sus ojos mirándome sin recato.
Fue encántandome, estimulando mi paladar, deseé inmolarla en mi cama,
para que su olor llenara mi casa, para percibir en ella la calidez que
me hace falta. Para refugirame en su compañía y encontrarme a mí mismo
sin avergonzarme.
Cedió ante mi urgencia y se entregó por fin, y me la bebí poco a poco
degustando el aroma a café recién hecho que brotaba del centro mismo
de la tierra fértil de mi placer.




Comentarios